¿Qué idioma habla Dios?

Era inevitable.

Quedaban pocas horas para el amanecer y un viento suave acariciaba la tierra de la ciudad de Jarrán.

El ganado reposaba; sabía que su pastor saldría pronto para reducir la exposición al sol inclemente. Su nombre era Abram e ignoraba que su vida, a sus setenta y cinco años, estaba a punto de comenzar.

Abrió los ojos. Aún confuso por el sueño, sintió el rostro de su mujer Sarai sobre su pecho. Quería aprovechar la frescura del alba. Con dulzura, apartó a su mujer y la vio dormir, admirado. No habían tenido descendencia. «Así lo quisieron los dioses», pensó. Se levantó, tomó su cayado y partió de inmediato con su rebaño.

Las horas pasaron; el sol alcanzaba su punto más alto y la sal del sudor quemaba la frente de Abram. Fatigado, buscó refugio en la sombra de uno de los escasos árboles que adornaban el desierto.

Entonces lo oyó. «Abram», decía una voz, «Abram». El viejo pastor miró a su alrededor con admiración y temor: no había nadie. ¿Quién lo llamaba? ¿Estaba soñando? Abram alzó su mirada al cielo y escuchó las tres palabras hebreas que iniciaban la epopeya del pueblo israelita: «lej lejá meartzejá», esto es, «sal de tu tierra».

Así comienza el duodécimo capítulo del Génesis, con la alianza (en latín, testamentum) entre Dios y Abram. «Sal de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré. Yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, que será bendición.» (Génesis 12, 1-2).

El viaje de Abraham de Ur al Canaán, por Jozsef Molnár, 1850.

Ocurre con algunas historias bíblicas lo mismo que con algunos mitos griegos y el Quijote: las conocemos sin necesidad de haberlas leído. Nos son tan inmediatas y naturales como el vestirnos por la mañana, la voz de un hermano o el sabor de la fruta. Esa costumbre, esa cotidianeidad y ubicua presencia nos hace olvidar, por desgracia, lo maravillosas y extraordinarias que son. Pero hay instantes en los que, por diversos motivos, nos desprendemos del peso de la costumbre y sentimos que todo es extraño, único y maravilloso.

Lo vivimos, por ejemplo, cuando nos enamoramos y vemos en cada pequeño detalle de la persona amada un vestigio de divinidad; o cuando nos despertamos en mitad de la noche y recorremos los pasillos de nuestro hogar: las fotos de nuestros familiares, los muebles, el tacto de nuestra taza favorita… todo parece nuevo y extraño.

Esa misma sensación me asaltó hace meses al releer la historia de Abram. Sólo Dios sabe cuántas veces había leído aquel capítulo del Génesis, pero, en aquella ocasión, esa historia tan conocida me pareció muy extraña por un detalle al que nunca había dado importancia: ¿por qué lej lejá meartzejá? ¿Por qué no «sal de tu tierra» o get thee out of thy country o egredere de terra tua? ¿Por qué el hebreo y no otra lengua?

 En toda la biblia hebrea hay un total de 8679 palabras distintas, de las cuales 1480 aparecen una única vez. Para que nos hagamos una idea de las magnitudes, basta decir que el Quijote contiene casi 23000 palabras distintas, más del doble.

Vistámonos con el hábito de teólogo durante un instante y pensemos en lo peculiar de la elección como si de un acertijo se tratara. Dios es conocedor de todas las lenguas del hombre. ¿Por qué anunciarse a través del hebreo? Bien podría haberlo hecho en alemán, japonés o guaraní. ¿Qué tiene de particular la lengua hebrea para ser la lengua sagrada?

El hebreo bíblico es característico por su pobreza. En el prólogo a su traducción y comentario de El Cantar de los Cantares, Fray Luis explica que los pasajes de ardua comprensión del texto se deben, en gran parte, a la propia lengua en la que están escritos: «Lo segundo que pone oscuridad es ser la lengua hebrea en que se escribió, de su propiedad y condición, lengua de pocas palabras y de cortas razones, y ésas llenas de diversidad de sentidos».

 En toda la biblia hebrea hay un total de 8679 palabras distintas, de las cuales 1480 aparecen una única vez. Para que nos hagamos una idea de las magnitudes, basta decir que el Quijote contiene casi 23000 palabras distintas, más del doble.

La pobreza del hebreo también se puede apreciar, como advierte Fray Luis, en la falta de matices de sus palabras. No son pocas las penurias que deben sufrir los traductores de las Escrituras al enfrentarse a ciertos términos hebreos. Un ejemplo típico es el de la palabra נפש, nefesh, que suele traducirse como «alma», aunque no es una traducción exacta. Nefesh significa, entre otras cosas, «garganta»; así, en Números 10,5-6, cuando el pueblo de Israel llora y clama por el hambre que sufren, leemos (en la Biblia de Jerusalén): «¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto, y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! En cambio, ahora tenemos el alma seca». Ese «alma» traduce la palabra nefesh, al igual que la versión latina: «Anima nostra arida est». Nácar y Colunga traducen: «Ahora está al seco nuestro apetito». En realidad, los israelitas se lamentaban por su sed: su nefesh, esto es, su garganta, estaba seca por la sed del desierto. Siguiendo esa idea, es probable que nefesh se aplicara a todo aquello que tenía un «hálito», que tenía «alma» y «vida». En Números 31,19 se habla originalmente de un asesino como aquel que acaba con nefesh; y en Génesis 1, 20-21 aparece dos veces la palabra, para referirse a «animales» y «monstruos de agua».

La lengua hebrea es también manifiesta en sus limitados recursos métricos. Mientras el latín y el griego disponen de vocales largas y cortas que permiten la creación de una métrica bien definida, el verso hebreo se resiste a cualquier estudio en términos de cantidades silábicas. En su lugar, los poetas recurrían a poderosas imágenes y a paralelismos. No en vano los salmos han sido fuente de inspiración para los poetas que recurren al verso libre, como hizo Walt Whitman. Sirva como ejemplo la primera lamentación de Job (Job 3,3-5), que vale la pena memorizar por su belleza:

 Perezca el día en que nací y la noche en que se dijo:
 Ha sido concebido un niño. 
Conviértase ese día en tiniebla,
 no se cuide de él Dios desde el cielo, 
no resplandezca sobre él rayo de luz. 
Apodérense de él obscuridad y sombras de muerte.

¿Por qué, entonces, elegir una lengua de estas características como lengua sagrada? Si nos preguntaran qué lengua elegiríamos para hablar de cuestión tan importante como Dios, muchos de nosotros, si no todos, pensaríamos en lenguas como el alemán o el griego, que reúnen propiedades en apariencia idóneas: un amplísimo vocabulario, facilidad para la composición de palabras, vocales largas y cortas que aportan musicalidad, declinaciones, riqueza en tiempos verbales, etc.

La torre de BabelGustave Doré, 1866.

Fue Chesterton quien me dio la felicidad de la respuesta (como tantas otras felicidades). En The Blatchford Controversies hay un artículo con el título Christianity and Rationalism, en el que Chesterton trata de desmantelar algunos de los argumentos preferidos por los ateos de su época.

Un reproche común a la religión judía y a la cristiana es que son, originariamente, religiones locales, en la que Dios se manifiesta a través de la materia. Responde Chesterton que, si un niño del Londres de principios del siglo XX viese a Dios en su jardín, diría con ilusión a su madre que Dios vive en el jardín. Siguiendo la idea, añade: «Si Moisés hubiese dicho que Dios era una Energía Infinita, tendría claro que no había visto nada destacable, pero al decir que vio una Zarza Ardiente, considero muy probable que vio algo extraordinario.»

Entonces todo encajó. Los hebreos, pensé, no requerían de palabras como «acto y potencia», o «primer motor inmóvil»; en su lugar, decían, como dicen los niños, «fuego», «mar», «flor», «río», «piedra». Recordé la sencillez de algunos versos de Salmos 148:

 ¡Alabadle, sol y luna, 
alabadle todas las estrellas de luz,
alabadle, cielos de los cielos, y aguas que estáis encima de los cielos!

¡Alabad a Yahveh desde la tierra,
monstruos del mar y todos los abismos,
fuego y granizo, nieve y bruma, viento tempestuoso,
ejecutor de su palabra, montañas y todas la colinas,
árbol frutal y cedros todos, fieras y todos los ganados,
reptil y pájaro que vuela, reyes de la tierra y pueblos todos,
príncipes y todos los jueces de la tierra, 
jóvenes y doncellas también, viejos junto con los niños!

Comprendí que mi planteamiento había sido erróneo, y que aquello que yo sentía como defecto de la lengua hebrea era en realidad virtud y esplendor. Donde antes veía pobreza de vocabulario, encontraba ahora mayor significado y fuerza en cada palabra; donde veía desorden y caos, encontraba ahora armonía y vitalidad.

Quizá Dios utilizó una lengua tan pobre como el hebreo para recordarnos su pobreza y sencillez.  La pobreza en la Biblia suele ser indicio de grandeza. ¿Acaso no fue David, el hijo más pequeño del pastor Isaí, el que derrotó al gigante Goliat y expandió la gloria del pueblo judío? ¿No fue un niño desvalido el que sobrevivió a las aguas del Nilo y liberó a los hebreos de la severa esclavitud de los egipcios? Y, ¿no fue el humilde pastor Abram, de setenta y cinco años y sin descendencia, el que recibió, en las áridas tierras de Jarrán, el mandato divino de abandonar su tierra y su parentela para fundar un pueblo?

Sí, era inevitable.

El sol alcanzaba su punto más alto y la sal del sudor quemaba la frente de Abram. Fatigado, buscó refugio en la sombra de uno de los escasos árboles que adornaban el desierto.

Entonces Dios se acercó a él. Pudo decirle «sal de tu tierra», pudo decirle get thee out of thy country, egredere de terra tua o gehe aus deinem Vaterlande; pero se acercó y, en su lugar, dijo tres palabras hebreas: lej lejá meartzejá.

Alexandro Jiménez

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