¿Por qué deberías memorizar poesía?

Hemos cometido en los últimos tiempos un grave error. A falta de un
nombre mejor y más eficiente de cara al marketing, me gustaría referirme a
él como la «falacia de la novedad».


Tal falacia se despliega en dos frentes erróneos: el primero, el de creer que
lo antiguo es ineficiente por el mero hecho de ser antiguo; el segundo, el de creer que lo novedoso es más eficiente por el mero hecho de ser novedoso.
El ámbito educativo, por desgracia, ha sido uno de los damnificados por este tropiezo del razonamiento. Es habitual leer en los titulares a expertos en educación que proclaman a los cuatro vientos que el sistema educativo «está obsoleto».

En defensa de su postura, suelen acusar a la educación tradicional de
«memorística». Proclaman que los alumnos memorizan, como si del Pater
Noster
se tratara, los apuntes dados por el profesor para luego «vomitarlos»
en el examen. Esta estrategia se aplica en especial en las asignaturas humanísticas como Historia de España, Filosofía o Lengua y Literatura, pero también en las asignaturas de ámbitos científicos como Matemáticas y Física en las que «especialmente», dicen, deberían primar el entendimiento y la lógica. Ese «especialmente» no es gratuito. Si algo sabemos es que los historiadores y los filósofos no razonan; prueba de ello son las Facultades de Humanidades, donde podemos contemplar las pinturas primitivas de estos salvajes en las que se representan torpemente, ya que aún no dominan la técnica de la perspectiva ni los materiales plásticos, figuras históricas como Napoleón y refutaciones de idealismo alemán.


¿Tienen razón? ¿Tan dañina es la educación memorística? Sí, es innegable. Quien aún no esté convencido, que tome al azar un examen de un alumno en la asignatura de Filosofía o Historia y comprenderá hasta qué punto un ser humano es capaz de hablar sin saber de lo que está hablando.


Memorizar por memorizar no es sólo una pérdida de tiempo: es frustrante
y contraproducente. Pero ese acierto, por desgracia, nos ha conducido al error fatal con el que comenzaba el artículo.

Es natural. Cuando rechazamos una idea, tendemos a pensar que cuanto más nos alejemos de ésta más nos acercamos a la verdad. En nuestro caso, al comprobar que la memoria por sí misma no funciona, hemos dado un giro completo en nuestro planteamiento y determinado, movidos por el rechazo, que la memoria es inútil y el último recurso al que debería acudir un alumno.

Así, tenemos a nuestro querido ministro de universidades, que en esta entrevista, a la pregunta acerca de cómo se educa en las escuelas, responde:

«Por medio de la memorización y esta es cada vez más irrelevante porque las máquinas tienen mucho mejor memoria que nosotros y procesan mucho más rápido la información. Por tanto lo que le queda al ser humano es la capacidad combinatoria, la generación de nuevas ideas, de nuevos proyectos.»

En este vídeo con más de dos millones de visitas, el youtuber QuantumFracture nos dice que la memoria está obsoleta en un mundo en el que «tenemos en nuestro pantalón un dispositivo móvil que nos permite acceder a todo el conocimiento humano en cuestión de segundos.»

Respecto al comentario de QuantumFracture, basta decir que, si bien es cierto que disponemos de todo el conocimiento humano al alcance de nuestra mano, más cierto aún es que somos incapaces de estirar la mano para cogerlo. Antiguamente un estudiante tenía unos recursos limitados y por eso, entre otros motivos, era necesario retener en la memoria lo aprendido. Hoy en día hemos almacenado nuestro conocimiento en nuestros teléfonos. ¿El resultado? Teléfonos llenos y cabezas vacías.

Y ese es el mayor peligro. Hemos olvidado que la memoria es el fundamento sobre el que se construye el razonamiento. Esa «capacidad combinatoria» de la que habla Castells sólo se puede desarrollar a partir de la memoria y nunca sin ella, porque sólo se puede razonar sobre algo que se sabe con anterioridad. Sólo se puede estudiar las propiedades de un triángulo si se sabe lo que es un triángulo; así como no se puede razonar las consecuencias del Descubrimiento de América o la Revolución Francesa, si se nos olvida constantemente que hubo una Revolución Francesa y un Descubrimiento de América.

Por ello, creo conveniente, y más en este tiempo en el que el mundo parece cambiar a intervalos cada vez menores, detenerse y reflexionar sobre el trato que damos a nuestra memoria. Y como no me gusta ser uno de esos individuos que no aportan soluciones a los problemas sobre los que tanto se quejan, quisiera proponer un saludable ejercicio para, si no vencer, sí combatir el desprecio a la memoria.

Dicho ejercicio es el siguiente: memorizar poesía. Nada revolucionario, de acuerdo, pero esa es precisamente la idea. Son varios los motivos para realizar dicho ejercicio; pero, siguiendo el razonamiento anterior, me centraré en que retener poemas en nuestra cabeza mejorará nuestra comprensión de la realidad. Los grandes versos son guías, como Virgilio fue para Dante, que nos abren la puerta a una comprensión más plena de nosotros mismos y de nuestro mundo. Quien sepa, por ejemplo, estos versos de Quevedo:

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino! 
y en Roma misma a Roma no la hallas: 
cadáver son las que ostentó murallas, 
y tumba de si propio el Aventino.

O estos versos de Shelley:

My name is Ozymandias, king of kings: 
Look on my works, ye mighty, and despair!
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare 
The lone and level sands stretch far away. 

Comprenderá mejor el inevitable paso del tiempo y la desesperanza de saber que todos, independientemente de la grandeza que creamos poseer, estamos condenados a ser olvidados. Innecesario aclarar que se pueden escoger versos menos dramáticos.

Si tú, querido lector, convencido por mi pobre y errante exposición, te aplicaras al ejercicio propuesto y aprendieras de memoria, pongamos, un soneto cada semana o cada quince días, estoy convencido de que sólo escucharía de tu parte palabras de satisfacción al comprobar que, en efecto, memorizar poemas sólo te ha traído sensibilidad y claridad.

Si tal fuera el caso, háznoslo saber y coméntanos qué poemas estás aprendiendo.

Alexandro Jiménez

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