Lo fantástico en los cuentos de Cortázar

Escribe Chesterton en Herejes (1905) que «no existe en el mundo algo que no sea interesante, lo único que existe es gente sin interés». Tal afirmación puede irritar al universitario de Derecho que recuerde las insoportables horas de lectura de códigos penales inteligibles, o al oficinista que es incapaz de distinguir un martes de un jueves; pero no por ello la observación deja de ser acertada.

Olvidamos constantemente lo extraño que es el mundo. No es casual, desde luego: nuestra cotidianeidad está diseñada para imponer ese olvido, ¡no vaya a ser que a un ciudadano le de por pensar que las cosas pueden ser de otra manera! Por eso es tan importante la literatura en particular y el arte en general, porque cumplen la función (entre otras tantas) de recordarnos lo extraño e interesante que es el universo.

Por suerte para nosotros, la historia de la literatura prodiga en autores que nos lo recuerdan. Pienso en Walt Whitman, que cantaba a las estrellas, al mar y a la hierba; pienso en los Salmos de la Biblia, en los cuentos fantásticos de Borges y en la prosa de Virginia Woolf. Pero si hay un nombre que resuena en mi memoria por su capacidad para hacer extraordinario lo ordinario, es el de Julio Cortázar.

Julio Cortázar
Julio Cortázar, 1967.

Al leer los cuentos de Cortázar regresamos a la infancia, aquella época feliz de nuestra vida en la que todo lo que nos rodeaba irradiaba la frescura y el terror de la novedad.

En los cuentos de Borges, sin duda uno de los maestros de Cortázar, lo fantástico se presenta como un elemento exterior que viene a corroer la realidad. Así, en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, ese elemento es una enciclopedia que describe una civilización inexistente (al menos al principio del cuento), pero uno nunca siente que esa enciclopedia pudiera ser la enciclopedia de Salvat o Planeta; en La biblioteca de Babel, el lector tiene la misma sensación que al leer las descripciones de los místicos sobre el cielo o el infierno, pero nunca piensa que la Biblioteca de Babel pudiera ser la biblioteca de Vallecas o Torrejón de Ardoz.

Cortázar difumina esas fronteras. No hay distinción entre lo real y lo fantástico; una escalera es tan extraña como un dragón. El propio Cortázar declaró que esa uniformidad entre los fantástico y lo real, lejos de ser un mecanismo literario, estaba presente en su día a día desde su más tierna infancia, en la que leyó con fervor las novelas de Julio Verne y los cuentos de Edgar Allan Poe.

En Historias de cronopios y de famas (1962) es quizá donde más clara está esa identificación. El libro es una colección de joyas del género del relato breve, donde lo fantástico está presente en los objetos cotidianos: una plaza de Roma, un pelo que se cae por el lavabo o un sillón que proporciona la muerte son algunos ejemplos.

«En casa del Jacinto hay un sillón para morirse. Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón, que es un sillón como todos pero con una estrellita plateada en el centro del respaldo. La persona invitada suspira, mueve un poco las manos como si quisiera alejar la invitación y después va a sentarse en el sillón y se muere.» (Propiedades de un sillón, en Historias de cronopios y de famas)

Por si el sofá fuera poco, Cortázar nos dejó una página en la que rebosa la felicidad y que, en mi opinión, debería estar en cualquier antología de la literatura en español. Lleva el título de Instrucciones para subir una escalera, y está escrita con el candor y la emoción de un niño:

«Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.»

Pero Cortázar logró algo harto más complejo y memorable a nivel literario: lograr en algunos de sus cuentos una atmósfera fantástica a pesar de que nada propiamente fantástico acontezca. Algo que pocos autores como Kafka y Chesterton  han conseguido.

Pienso en Cartas de mamá, (un serio candidato al puesto de mejor cuento de Cortázar), en el que una carta y un nombre del pasado resquebrajan la vida de una pareja en París; o en El perseguidor, donde se produce una alteración del tiempo lineal al que estamos acostumbrados; recuerdo también algunos capítulos de Rayuela, como el trágico capítulo 28, en el que un acontecimiento terrible sobrevuela cada línea, o el capítulo 73, cuyas descripciones de las calles de París parecen las de una ciudad mitológica:

«Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinamos. Entonces es mejor pactar como los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechan en las ventanas jugando con una rama seca.»

Paris – France

En un artículo anterior dije que los hebreos, para alabar a Dios y su agradecer obra, pronunciaban palabras sencillas como «fuego», «mar», «flor», «río», o «piedra». Cortázar utilizó palabras cotidianas como «plaza», «lavabo», «sofá», y «escalera» para recordarnos lo fascinante, terrorífico y maravilloso que es este universo en el que tenemos la suerte de vivir.

Alexandro Jiménez

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