La señora Dalloway, de Virginia Woolf.

Hay una obsesión absurda que envenena a los lectores (y, en consecuencia, a los escritores) de novelas nuestro tiempo: la obsesión por el argumento.

Cada vez más entendemos la narración como una mera presentación, más o menos interesante, de acontecimientos. Leemos una novela como si de una película o de una serie se tratara, preguntándonos a cada página qué ocurrirá en la siguiente. No es casual que recurramos a los mismos términos cuando hablamos de series y novelas: ¿quién no ha oído a alguien decir que «ha devorado» la última novela de turno como «devoró» la última temporada de su serie favorita?

¿Significa eso que si una novela es entretenida, adictiva, como dicen algunos, o enfocada en crear una trama interesante, podemos calificarla sin preocupación de mala, comercial o superficial? No necesariamente, desde luego. Nada más absurdo. Hay auténticos clásicos de la literatura que se aproximan más a una película de Hollywood que a una película existencialista producida en Escandinavia. Pero tampoco significa, como creen muchos, que la novela deba ser por necesidad entretenida y con una trama fascinante, y que, en caso contrario, se trata de un bodrio pretencioso y pseudointelectual.

Hemos olvidado que existe otra clase de novela en la que el argumento, con humildad, da un paso atrás y deja libre el escenario para ceder el protagonismo a otras facetas de la narración, como son los personajes y la propia belleza del lenguaje.

La señora Dalloway (1924), de Virginia Woolf, pertenece a esta clase de novela.

Retrato de Virginia Woolf, por Christiaan Tonnis.

El argumento de La señora Dalloway, en caso de poseerlo, es tan sencillo que bien podría omitirse. Podríamos reducirlo a la siguiente línea: Clarissa Dalloway, una mujer inglesa de mediana edad, se encarga de los preparativos para la cena que va a ofrecer por la noche. El argumento es lo de menos. Lo importante es el hermoso uso del lenguaje y la descripción brillante de sus personajes.

Tenemos, por un lado, a la propia Clarissa Dalloway, que debe enfrentarse a su conflictiva sexualidad, a su edad, a la conciencia de la muerte y al sentido de toda su vida, así como al retorno de la India de Peter Walsh, el hombre al que rechazó en su juventud y condenó, aunque él se esfuerce en negarlo, a una vida desdichada, pródiga en constantes y frustrados enamoramientos de mujeres que nunca le harán sentir lo que ella le hizo sentir.

Por las calles de Londres pasea también Septimus Warren Smith, sobreviviente de la Primera Guerra Mundial —que sufre de shell-shock, o trastorno de estrés postraumático, mal que los doctores achacan a un «mal de nervios»— víctima de tendencias suicidas y convencido de que el universo, como a un nuevo mesías, le envía señales a través de las nubes y el canto de los pájaros que descansan sobre las ramas de los árboles cercanos a Buckingham Palace.


Metraje de Londres en los años veinte del siglo XX

Para lograr una descripción tan precisa y conmovedora de cada personaje, Woolf nos introduce en su mente para que contemplemos su pensamiento; pero no el pensamiento lineal, diáfano y podríamos decir que hasta científico de los protagonistas de las novelas victorianas y las mal llamadas «realistas», sino el pensamiento real y cotidiano en el que todos nos movemos: circular, inconcluso, interrumpido por recuerdos, sonidos, imágenes y olores y asaltado por digresiones que no llevan a ningún puerto. Sirva como ejemplo el ya clásico párrafo al inicio de la novela, en el que se narra cómo Clarissa atraviesa Westminster para ir a comprar flores:

Y es que si se había vivido en Westminster —¿cuántos años ya?, más de veinte—, Clarissa estaba convencida de que incluso en medio del tráfico, o al despertarse por la noche, se sentía un silencio especial, un no se sabía qué de solemne, una pausa que no era posible describir, una ansiedad (aunque eso podía ser su corazón, tocado, decían, por la gripe) que atenazaba antes de que el Big Ben diera las horas. ¡Ya había llegado el momento! Ya resonaba. Primero, un aviso musical; luego, la hora, irrevocable. Los círculos de plomo disolviéndose en el aire. ¿Por qué somos tan necios?, se preguntó, mientras cruzaba Victoria Street.

Estación de Victoria, 1927

Decía el Dr. Johnson que aquel que se ha cansado de Londres es porque se ha cansado de la vida. Algo parecido ocurre en La señora Dalloway. Nos fatigamos inevitablemente al zambullirnos en sus páginas y leer las detalladas descripciones de las calles de Londres y sus transeúntes. Sentimos que la prosa está demasiado cargada; y nada más natural, ya que así lo está la vida. Si saliéramos a la calle y nos fijáramos con atención en todos los estímulos que recibimos, no tardaríamos ni diez minutos en volvernos locos: sonidos, aromas, conversaciones ajenas, recuerdos, emociones y mil y una sensaciones nos invaden a cada segundo del día, desgastando nuestra energía, poco a poco, hasta el momento en el que damos portazo al día y nos dejamos caer en la cama, ávidos de sueño y fatigados, sí, pero con la sensación, especialmente en los días marcados por la felicidad, de que hemos vivido algo único e irrecuperable: un día cualquiera.

Hay en cada página de La señora Dalloway una reverencia y admiración a los pequeños detalles cotidianos, invisibles de habituales, que dijo Borges, y que son, sin embargo, los átomos de los que está formada nuestra vida. Una reverencia casi religiosa, como de agradecimiento a alguien presente al que le debemos la maravilla de un taxi, de un clavel en una floristería, que espera a su próximo dueño, o agradecer algo tan vulgar como un chiste cockney sobre queso podrido, los pájaros que parecen cantar en griego y las viejas snob que sacan a pasear a sus caniches con los mismos vestidos y collares de perlas con los que atienden a un príncipe o a un ministro. Es tal la riqueza de este mundo, parece sugerirnos Clarissa (no necesariamente Woolf), que sólo la idea de la muerte, de que sea siquiera posible la nada absoluta, resulta absurda. Así, dice:

De todos modos, el hecho de que los días se siguieran unos a otros, miércoles, jueves, viernes, sábado; que una se despertase por la mañana, viera el cielo, paseara por el parque, se tropezara con Hugh Whitbread, que luego repentinamente se presentara Peter, después aquellas rosas, era suficiente. Pensándolo bien, ¡qué increíble era la muerte! Que todo tuviera que acabar y que nadie, en todo el mundo, supiera lo mucho que ella había amado; con qué intensidad, y en cada instante…

Son muchos los motivos para emprender la lectura de La señora Dalloway, pero considero que el principal, a día de hoy, es que es una novela que nos fuerza a relajarnos, a leer cada página con sosiego, degustando cada palabra, oración y descripción, a dejarnos llevar por los personajes, sus conflictos, recuerdos, dichas y desdichas, su forma de ver el mundo; a leer tranquilos ante la ausencia de una trama artificial y frenética a la que nos han obligado a acostumbrarnos y de la que, de vez en cuando, conviene desintoxicarnos.

Alexandro Jiménez

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