Tolstói y el olvido de la muerte

Al oír pronunciar el nombre de Tolstói, pensamos inevitablemente en la imagen de aquellos portentosos volúmenes que son Guerra y Paz y Anna Karenina. Olvidamos con frecuencia que Tolstoi, además de novelista, fue un extraordinario cuentista y que algunos de algunos de sus cuentos son cimas de la literatura rusa. Tal es el caso de La muerte de Iván Ilich, publicado en 1886.

Este cuento (o novela corta, como prefieran llamarlo), narra la vida y muerte de Iván Ilich, un jurista que, decorando su nueva casa, cae de una escalera y se golpea en un costado, a la altura del riñón, accidente que le provoca crónicos dolores y, con el tiempo, la muerte.

El enfrentamiento con la muerte es un tema universal y de especial interés para los rusos del siglo XIX, acostumbrados a la miseria y la supervivencia en una tierra hostil y un prójimo al que aman tanto como desprecian y del que no pueden llegar a fiarse. Lo vemos en El capote y en Almas muertas de Gógol, en Crimen y castigo y Memorias del subsuelo de Dostoievski y, cómo no, en La muerte de Iván Ilich.

León Tolstói en 1908

Podría afirmarse, sin embargo, que Tolstoi no estaba interesado únicamente en enfrentar a un personaje con su mortalidad, sino también con su propia vida. Prueba de ello es que los primeros tres capítulos constituyen un resumen de la vida de Iván Ilich —la cual, sentencia el narrador: «no podía ser más vulgar y corriente, y más horrible»—, desde su nacimiento hasta la caída y el golpe en el costado que desencadena su muerte. Leemos su aplicación en los estudios de Derecho y su ambición por ascender a la sociedad y someterse siempre a sus normas: «cumplía rígidamente lo que consideraba su deber; y un deber era para él cuanto se consideraba como tal por los hombres encumbrados». Iván, a base de esfuerzo, logra ascensos, contactos y amistades dentro de la alta sociedad, a la que venera. También conoce a Praskovia Fiódorovna, la que será su mujer. No señala el libro que Iván se enamore de Fiódorovna; sabemos que es bella y que lo distrae cuando no está ocupado trabajando, pero es claro que Iván se casa con ella porque así lo dictan las reglas de la sociedad: «eligiendo esta esposa, hizo algo que le resultaba agradable y, al mismo tiempo, lo que las personas más encumbradas consideraban como acertado».

Pasan los años. Iván y Fiódorovna, que parecen no soportarse, tiene hijos. Iván recurre al trabajo y a repetitivas partidas de cartas con sus compañeros para evadirse de su mujer. Cuando logra el mayor ascenso y triunfo profesional de su vida, parece, durante un breve período, que todo podría volver a la armonía y (lo que a él realmente le preocupa) el decoro, sin el cual sería rechazado por «la gente encumbrada». Entonces llega el accidente que acabará con su vida.

Al principio, el costado sólo le provoca algunas molestias. Con el paso de las semanas, sin embargo, las molestias se convierten en constantes dolores, que agrían su ánimo y su rendimiento en el trabajo. Acude a un médico. «¿Es grave lo mío, doctor?», pregunta. Nada grave: una cosa del intestino o un riñón flotante, le dice; reposo y seguir las prescripciones. Pero Iván intuye que algo no funciona correctamente en su cuerpo. En efecto, los dolores aumentan y se hacen más agudos. Acude a más doctores, a un homeópata e incluso a una curandera; todo en vano. Se muere: él lo intuye, aunque al principio le cueste aceptarlo.

Los capítulos finales narran la dificultad de Iván por aceptar su mortalidad, así como sus últimos encuentros con su familia y sus compañeros. Iván (aquí aparece el genio de Tolstoi), piensa por primera vez en la muerte poco antes de morir. Intenta refugiarse en el trabajo, en las cartas y, en resumen, «todo lo que antes velaba, ocultaba y destruía la conciencia de la muerte». Todo esfuerzo es vano: «esos asuntos no podían librarle de ella. Y lo peor de todo era que ella le requería no para que hiciese algo, sino sólo para que la mirase a los ojos, la mirase sin hacer nada y sufriendo tormentos inenarrables». No puede sino enfrentarse a lo inevitable: va a morir.

Vida y muerte

En sus últimas semanas, Iván reflexiona sobre la muerte y, lo que es lo mismo, sobre su vida. Recorre punto por punto las decisiones tomadas, las ambiciones, los esfuerzos y, aunque le cuesta admitirlo, al final reconoce que ha desperdiciado su vida persiguiendo sombras, metas insustanciales y dictaminadas por otros, por esa gente encumbrada a la que tanto veneró. Recuerda la infancia, la felicidad plena, y llora al comprobar que cuanto más se alejaba de ésta, mayor era el sinsentido y la desdicha de su vida.

En contraposición está el personaje de Guerásim, el criado de la familia, un humilde campesino que lleva poco tiempo en la ciudad. Podemos reconocer en Guerásim la admiración de Tolstoi por la humildad de la vida de los campesinos, a los que tratará de emular en sus últimos años de vida. Iván Ilich se siente cómodo con Guerásim por una razón tan sencilla como admirable: es el único que no teme hablar de la muerte. Porque a Iván Ilich, acaso más que su propia muerte, le irrita la conducta de su familia y conocidos cuando lo visitan y le dicen, portando en su semblante una falsa esperanza y sonrisa, que es sólo una enfermedad y que, si se cuida, se curará.

Tolstoi señala aquí nuestra obsesión por evadir e ignorar el hecho fundamental de nuestra vida: queramos o no, nos vamos a morir. Y es que pareciera que nuestro día a día esté diseñado para olvidar este hecho. Es algo reciente, además. ¿Qué ocurrió durante los meses de confinamiento, en los que la muerte nos acechaba a todas horas? Se batieron récords de horas diarias frente al ordenador, el teléfono y la televisión. Desconozco si es impresión mía o si alguien la compartió, pero recuerdo una avalancha de contenido en internet cuyo único propósito era «distraernos» y evitar que pensáramos en lo que estaba ocurriendo en nuestros hospitales y residencias, donde la gente se moría por decenas. No juzgo aquí, claro está, nuestras ganas de evadirnos un poco de la desgracia que vivimos, ni sugiero que debimos habernos pasado el día cantando el Dies irae o leyendo tratados existencialistas. Ni mucho menos; al fin y al cabo, pensar constantemente en la muerte es tan enfermizo para el alma como no pensar en ella en absoluto. Señalo el temor (natural, por otra parte), que tenemos como individuos y sociedad a hablar de la muerte, que no es sino, en el fondo, hablar de la vida.

Volviendo al relato, decía que Guerásim es el único personaje que habla con Iván Ilich a las claras. Lo atiende como lo que es: un enfermo que se va a morir, no como a alguien que está pasando un resfriado, y le ofrece su compasión y empatía. «Todos hemos de morir —le dice—, ¿por qué no he de tomarme esta molestia?»

Las últimas páginas del libro narran las últimas horas de Iván Ilich. A medida que la muerte se acerca, Iván parece aceptar lo inevitable, y recupera, a pesar de los infames dolores que padece, cierta tranquilidad de espíritu. Aparece la luz, la famosa y última luz, y dice sus últimas y místicas palabras: «¡Ahora lo comprendo!»

Quizá debamos retomar, hoy más que nunca, libros como La muerte de Iván Ilich, que nos recuerdan lo que parecemos olvidar o, mejor dicho, lo que nos esforzamos por olvidar: el hecho de que somos finitos, de que llegará un día en el que nos despertemos por última vez, en el que se nos escape una última risa y cantemos una última canción. ¿Quién sabe cuántas cosas haríamos y dejaríamos de hacer si, de vez en cuando, lo recordáramos?

Alexandro Jiménez

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