Jane Austen y el amor no romántico

Hay una idea popular que pulula alrededor de las parejas de enamorados: aquella que afirma que uno debe amar a su pareja «tal y como es». He observado que las ideas populares no aceptan calificativos tímidos: son acertadísimas o son groseramente erróneas. ¿En qué categoría clasificamos, pues, esa idea acerca del amor?

Yo la clasifico en la segunda. Sé dónde me meto. Batallar esa idea tan instaurada en la cotidianidad es poco menos que enfrentarse al sol o al aire. Por suerte, cuento con la ayuda de uno de los grandes nombres de la literatura inglesa; el nombre de una mujer que paseaba por los jardines de Bath, tejiendo tramas y personajes que nos enseñarían algo valioso sobre las relaciones amorosas: Jane Austen (1775-1817).

Su obra más conocida, Orgullo y prejuicio (1813), podría entenderse como un aviso a aquellas personas convencidas de que deben amar a su pareja tal y como es. No se trata de ridiculizarlas; al fin y al cabo, como muchas convicciones erróneas, ésta parece evidente en un primer momento. ¿Por qué no iba a ser así, después de todo? Dos personas se conocen, se ven los rostros por primera vez; quizá estén acompañados por amigos que, una vez hechas las rigurosas presentaciones, suponen un estorbo. A lo mejor pasan horas hasta que uno de los dos reúne el valor necesario para, con paso indeciso y pulso agitado, acercarse al otro. ¿Se reirá de mí?, piensa, ¿seré una molestia? Por suerte, el otro sonríe, reconociendo el valor de su acción. Todo ha salido bien, de momento. La conversación fluye; ríen, se miran; el entorno y los amigos, antes tan queridos, son condenados a la indiferencia.  La noche acaba, pero su amor acaba de empezar.

Después viene lo mejor: la incertidumbre, la ilusión, el uso del ingenio para hacer reír al otro, la apariencia de normalidad cuando todo tu mundo se agita, el diseño de una excusa para volver a verse (tiene que parecer natural), la invitación y el deseado reencuentro; entonces lo más complicado: el disimulo, la inseguridad, la contención, reunir la valentía para acercarse al otro (la experiencia no lo hace más fácil) y por último, si así lo quiere la fortuna, la culminación, la felicidad de la unión tan deseada, el amor. ¿Cómo no amar siempre a esa persona, que tanta dicha y placentera agitación nos ha regalado? ¿Cómo siquiera pensar que habrá un día en que no pueda amarlo y tolerar sus defectos, molestos, sí, pero propios de todo ser humano? 

Esa visión romántica del amor, por desgracia, no supera el examen de la realidad cotidiana. ¡Más quisiéramos! Jane Austen, que vivió en el auge del romanticismo inglés, con los Byrons y Shelleys de la época, lo sabía acaso demasiado bien y escribió una gran novela para recordárnoslo.

Orgullo y prejuicio narra la historia de amor entre Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy. Cinco hijas, una madre obsesionada con su oficio de casamentera (con quien sea, pero hay que casarlas) y un padre emocionalmente ausente forman la populosa familia Bennet, que vive con tranquilidad y cierta monotonía en Netherfield. Pero todo cambia cuando Mrs. Bennet recibe la noticia de que un hombre rico, un tal Mr. Bingley, ha alquilado una finca cercana para pasar en ella el verano. Y, si es cierta la afirmación que abre el libro, esto es, que «es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa», piensa Mrs. Bennet, ¿qué mejor que intentar casar a una de sus hijas con Mr. Bingley? Por suerte para sus maquiavélicos planes, Mr. Bingley va a dar un baile en su finca. ¡Qué suerte, qué alegría!

Las hermanas Bennet acuden al baile y se hacen las presentaciones. Allí, Elizabeth conoce a Fitzwilliam Darcy, el amigo íntimo de Mr. Bingley. El narrador nos informa que Darcy es mucho más rico que Mr. Bingley: ¡diez mil libras anuales de renta! Pero poco le importa eso a Elizabeth.

Es en este punto donde aparece el genio de Austen. En la mayoría de las historias de amor, dos personas se conocen y se enamoran. Siempre hay presente una barrera que dificulta su unión: una diferencia de clases, la opinión de la familia, las convenciones sociales que no aprueban su amor, etc. Generalmente, la historia muestra cómo esos dos enamorados luchan para superar esas barreras y conquistar una vida juntos.

No es el caso de Orgullo y prejuicio. Tras su primer encuentro, lejos de enamorarse, Elizabeth y Darcy parecen repudiarse. Darcy menosprecia a Elizabeth por ser de una clase muy inferior a la suya. Elizabeth, ofendida por ese menosprecio, juzga precipitadamente a Darcy como alguien orgulloso, frío y algo malvado. Días después del baile, Darcy siente una leve atracción por Elizabeth, muy distinta de la atracción que sufren los personajes de las novelas románticas (o, mejor dicho, romanticonas). El enamoramiento es gradual y sosegado.

Si Darcy quiere enamorar a Elizabeth, deberá desprenderse de su ciego orgullo. Elizabeth, por su parte, deberá aprender a no juzgar a las personas con tanta ligereza; la propia trama de la novela le hará aprender esa lección, cuando descubra que Darcy, lejos de ser ese hombre malvado y frío que ella se había figurado, tiene una faceta amable, agradable y cariñosa con el prójimo.

En Orgullo y prejuicio, el amor pleno es la recompensa, no el punto de partida. El amor entre Elizabeth y Darcy no es esporádico, es el resultado de un esfuerzo de ambas partes por entender mejor al otro y la voluntad de mejorar. Darcy hace mejorar a Elizabeth, que al final de la novela se desprende de su carácter juicioso y sentencioso; Elizabeth ayuda a Darcy a superar ese ciego orgullo que le impide establecer vínculos con los demás.

Jane Austen nos recuerda que el amor entre dos personas, siempre que exista buena voluntad y sensibilidad por ambas partes, es la mayor fuerza para el crecimiento individual. ¿Acaso no admiramos a las parejas que se complementan y en la que cada una de las partes crece apoyada en el amor del otro?

La idea no es nueva. Ya en Eclesiastés 4, 9-12 leemos: «Más valen dos que uno solo, pues obtienen mayor ganancia de su esfuerzo. Pues si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo que cae!, que no tiene quien lo levante. Si dos se acuestan, tienen calor; pero el solo ¿cómo se calentará? Si atacan a uno, los dos harán frente. La cuerda de tres hilos no es fácil de romper.» También Platón, en su Banquete (no hay nada sobre el amor que no esté en este libro), observa que un enamorado tiende a la nobleza, ya que «si fuera descubierto haciendo algo feo o soportándolo de otro sin defenderse por cobardía, visto por su padre, por sus compañeros o por cualquier otro, no se dolería tanto como si fuera visto por su amado.»

Orgullo y prejuicio es una rara avis dentro de las novelas románticas porque nos muestra un amor realista, despojado de la pompa habitual que envuelve al amor y a las parejas. Una novela que nos invita a abrirnos al amor verdadero, honesto y constructivo, para mejorar individual y conjuntamente.  

Alexandro Jiménez

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