Interpretación de «Pierre Menard, autor del Quijote»

En un ensayo dedicado a la figura de Quevedo, Borges afirma que «no hay un escritor de fama universal que no haya amonedado un símbolo» (Otras Inquisiciones, 1952). Acaso consciente del error de su admirado Quevedo, Borges prodigó y se apropió en sus escritos de símbolos clásicos como el laberinto, los espejos y el infinito. Su obra, como la de Kafka, la de Dante y la de cualquier escritor dado a los símbolos, ha dado lugar a las más diversas y contrarias interpretaciones. Resulta extraño, por tanto, comprobar que ningún texto del escritor argentino ha suscitado tantas glosas y exposiciones como un relato en apariencia libre de simbología: Pierre Menard, autor del Quijote (Ficciones, 1944). Como toda crítica literaria es, en esencia, inútil, espero que se me perdone el exponer, en esta breve nota, una interpretación del mencionado cuento.

La génesis del relato es bien conocida. En la Navidad de 1938, el todavía desconocido escritor se golpeó la cabeza con el batiente de una ventana que alguien había olvidado cerrar. La herida fue mal curada y le provocó una infección que lo mantuvo en cama durante semanas, sumido en abundantes y terroríficas pesadillas causadas por la alta fiebre. La obra del argentino constaba en aquel momento de tres poemarios, varios libros de ensayos y una colección de cuentos , bajo el título de Historia Universal de la infamia (1935), que el propio Borges calificaba en el prólogo de «ejercicios de prosa narrativa». Temiendo que la infección derivara en una pérdida de sus facultades, Borges consideró escribir un cuento fantástico para poder atribuir un hipotético fracaso a la inexperiencia.

El resultado fue la invención de Pierre Menard, el ficticio escritor simbolista francés del siglo XIX que se propone la anacrónica tarea de escribir el Quijote de Cervantes:

«No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de Miguel de Cervantes.»

Dos métodos sigue Menard para acometer tal empresa. El primero y más evidente parte de un fatalismo literario: las mismas experiencias personales, razona Menard, deben conducir inevitablemente al mismo libro; bastaría, por tanto, con «ser» Miguel de Cervantes, esto es, estudiar del español del siglo XVII, recuperar la fe católica y olvidar la historia desde 1602 a 1918. Tal tarea, acaba comprendiendo Menard, es demasiado sencilla y, en última instancia, imposible, además de aburrida. Esto lo arrastra a abordar un segundo método, contrario y harto más complejo: escribir el Quijote siendo Pierre Menard, es decir, bajo las experiencias y la memoria del propio Pierre Menard. El resultado es la escritura de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte de la obra maestra de Cervantes, junto con un fragmento del capítulo veintidós.

Es entonces cuando aparece el genio de Borges: «El texto de Cervantes y el de Menard –dice el narrador– son verbalmente idénticos, pero el segundo es infinitamente más rico.» El texto de Cervantes, por ejemplo, abunda en españoladas y en una constante oposición entre las novelas de caballería y la realidad provincial; el de Menard, por el contrario, es más sutil y elude todo atisbo de color provincial. A modo de ejemplo, basta contrastar el discurso en favor de las armas que pronuncia Don Quijote, al inicio del capítulo veintiocho, en la versión de Cervantes y en la de Menard; escrito por Cervantes, antiguo soldado del glorioso ejército español, ese discurso era acaso fatal; escrito por Menard, contemporáneo del pacifista Bertrand Russell, es una temeridad que muestra una evidente influencia en el Quijote de la obra de Friedrich Nietzsche.

Concluye Borges: «Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas.»

Hasta aquí el texto, el resto es tarea de los ociosos intérpretes. Y yo soy un ocioso intérprete.

La interpretación más habitual del cuento consiste en ver en él una manifestación de las ideas de Borges respecto a la literatura y la creación literaria. La lectura, dicen, sería para Borges un proceso de escritura: de forma que habría tantos Quijotes como lectores del Quijote, tantos Hamlet como lectores de Hamlet. Bastaría recordar la reconocida admiración de Borges por la cábala judía para defender tal juicio.


Otros autores, no sé si con ingenuidad o con claridad (si acaso no son lo mismo), interpretan el cuento como una mera broma literaria. Juan José Saer, en su ensayo Borges francófobo (El concepto de Ficción, 1997), lo lee como una crítica mordaz a la literatura francesa y muy en particular contra Paul Valéry.

Creo, sin embargo, que ningún crítico ha acertado tanto como el propio Borges. En el libro El humor de Borges (1996), Roberto Alifano, que fue su secretario durante años, rememora el irónico sentido del humor del escritor. En el capítulo titulado El apócrifo Menard, podemos leer a Borges dando unas claves, acaso falsas, para la lectura de su texto; dice de Menard que es:

«Una persona inteligente que llega a la conclusión de que hay demasiados libros, de que no está bien seguir atestando las bibliotecas con volúmenes nuevos, y que, bueno, condescender a la copia es una forma de cultura, una forma de respeto, y, ¡por qué no! También una suerte de resignación.»

Quizá cuando estaba postrado en la cama, enfermo, Borges sintió que la literatura era, en esencia, un acto inútil; quizá sintió que sería mejor dejar de escribir, que era temerario e imprudente añadir una página más a la ya demasiado amplia tradición. Y es que todo escritor ha sentido, de una manera o de otra, esa incesante presión de los grandes maestros, nuestros máximos libertadores y opresores.

Voy más allá. Quizá en un vívido sueño (las grandes verdades, como los dioses de las mitologías, nos visitan en los sueños), Borges sintió que el Quijote era un liber librorum, un libro que albergaba en sus páginas toda la tradición, una suerte de Aleph literario, una Biblioteca de Babel en la que encontramos reminiscencias de todos los libros pasados y futuros. En el epílogo a Ficciones, el propio Borges señala que bastaría un libro infinito para contener la Biblioteca de Babel. El Quijote podría ser ese libro infinito.

Quizá Menard reconoció que escribir era reescribir el Quijote y, resignado, comprendió que sería mejor sacudirse la ilusión de la novedad, que no es sino la hija del olvido, y dedicarse en cuerpo y alma al culto de la gran obra de Cervantes.

Concluyo. En el primer párrafo dije que Pierre Menard, autor del Quijote era un cuento, en apariencia, libre de símbolos. Rectifico ahora la timidez; Borges nos regaló, acaso involuntariamente, dos grandes símbolos: el Quijote, que representa la tradición, y Pierre Menard, que representa el peso de ésta sobre todo escritor.

Alexandro Jiménez

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