Historia del rey y el mono

En ocasiones el universo nos depara felicidades inesperadas. A mí me ha regalado una en forma de una historia acerca de un rey y un mono. Quisiera compartirla con los lectores.

Al terminar mis inmerecidas vacaciones de verano, regresé a Madrid con la intención de reanudar enérgicamente mis lecturas. Tomé el segundo volumen de las obras de Dostoievski con intención de leer El idiota, pero a los diez o quince minutos las pesadas descripciones y el calor que hacía en Madrid me disuadieron. Resolví, como suelo hacer, ir al centro a recorrer las librerías de segunda mano en busca de algún libro que despertara mi interés.

Siempre hago parada en Tuuuulibrería, en Diego de León. Tiene la librería una pequeña sección que pasa desapercibida, acaso porque está situada en lo alto de una columna y la gente tiene miedo de que un ejemplar caiga sobre su cabeza: la sección de libros antiguos. Es una sección donde por azar uno puede hallar libros sorprendentes y muy dispares, como antiguos manuales de finanzas, ediciones antiguas de obras de teatro ya olvidadas, libros de los años veinte que te enseñan a ser un buen gentleman, y otros tantos disparates.

Cayó en mis manos un pequeño libro en cuarto mayor de tapa dura y negruzca. Busqué la primera página. El título me sorprendió: The Timeless Paradise, escrito por un desconocido Gilbert Johnson y editado en Londres en 1904. Saqué mi teléfono y busqué alguna referencia; no encontré ninguna. Deduje, y sospecho que no me equivoco, que se trataba de un libro autopublicado y caído en el olvido. Por lo que leí en la introducción, Gilbert Johnson fue un hombre adinerado y algo romántico que viajó a Egipto en busca de nuevas experiencias. The Timeless Paradise es el resultado de ese viaje.

Busqué entre las últimas páginas un índice que aclarara el contenido del libro, pero ¡cuál fue mi sorpresa al encontrar un anexo con unas diez páginas escritas en árabe! Di un pequeño salto de alegría. Este verano me había dedicado parcialmente al estudio del árabe a raíz de un breve viaje a Córdoba, en el que contemplé con maravilla y reverencia los caracteres arábigos inscritos en los muros la Mezquita.

No dudé. Di mi donativo (Tuuulibrería se mantiene mediante donativos) y regresé a casa con intención de poner a prueba mi árabe.

Leí las páginas a las que hacía referencia el anexo. En el tercer capítulo, Life among the sands, Johnson narra un viaje por el desierto acompañado por comerciantes nativos. Imagino que el desierto no ofrece demasiados entretenimientos; por las noches, los comerciantes contaban viejas historias para entretenerse. Johnson registró algunas en el anexo.

Ofrezco aquí mi traducción de una de las historias. Johnson la califica de torpe y pueril (awkward and childish). Quizá no se equivoque. Espero que os guste, a pesar de mi defectuosa calidad como traductor:

Cuentan los hombres dignos de fe, pero Alá es más sabio, que el rey Astijerdes, emperador de la áspera Persia, creyéndose justo poseedor del trono, quiso demostrar su valor ante sus súbditos. Para ello, resolvió entregar su reino a quien lograra derrotarlo en una partida de ajedrez y envió emires a las ciudades de su imperio para dar la nueva. Se dispuso el plazo de un año.

Príncipes, hombres sabios y aficionados al juego se movilizaron, ávidos de gloria y poder, a Bagdad, la eterna capital. Cada día, al alba, se abrían las puertas reales y el rey se disputaba su reino con un pretendiente, y cada día al alba el rey salía victorioso.

El último día del último mes entró en palacio un pobre anciano. Una barba hirsuta nacía de sus mejillas y barría el suelo. Portaba en su hombro derecho una mascota: un mono de piel oscura, cuerpo menudo y cola ágil y larga, que despertó la curiosidad de los presentes. El rey le dio la bienvenida y lo convidó a sentarse; así hizo el anciano, que acariciaba con cariño al mono mientras los esclavos colocaban el tablero en la mesa y posicionaban las piezas.

La partida fue breve. El anciano jugó con temeridad y Astijerdes requirió de pocos movimientos para alcanzar la victoria a través de una bella combinación de caballos y alfiles. El rey, que creía haber derrotado a todos los pretendientes, no dudó en reírse de su oponente.

— ¡Hombre anciano! -le dijo-. ¿Por cierto que aspirabas a vencerme con tu pobre juego?

— ¡Por Alá! -respondió el anciano-. Disculpe su majestad mi descaro y permita que emprenda el retorno a mi hogar, que no es corto el viaje ni pequeño el anhelo de reunirme con mi familia.

Besó el anciano los pies del rey y emprendió el camino de vuelta a casa. Y aquí hubiera terminado la historia si el rey, ¡ay de su destino!, no hubiera querido prolongar su vanidad. Gritó al anciano, que ya casi había abandonado la estancia:

— ¡Más digno rival habría sido tu mono!

El anciano se detuvo y, airado por la ofensa del rey y las carcajadas de los súbditos, se giró y acercó de nuevo ante Astijerdes.

— ¿Quién soy yo –le dijo– para ejercer la soberbia? Si así lo desea su majestad, pruebe a jugar con mi servicial amigo, que sin duda el Misericordioso dará la victoria al más digno.

Tras sus justas palabras, sentó al mono frente al tablero y colocó de nuevo las piezas en sus casillas iniciales. El rey tomó una pieza blanca y otra negra y escondió cada una en la palma de una mano. Acercó sus puños cerrados al mono para que éste eligiera. Los presentes miraban expectantes hasta que estallaron a reír cuando el mono elevó su cola y señaló la diestra del rey, que al abrirse descubrió un peón negro. Entonces el rey, ignorando su error, movió el primer peón y sonrió con inocencia cuando el mono respondió con otro peón, dando comienzo a la imperial batalla.

Turno tras turno discurría la partida. Los súbditos, agitados por el dulce vino, cantaban y reían a cada movimiento del mono; pero no tardó el Señor en ejercer su obra. Los rostros, antes alegres, apagábanse al observar que el mono ponía en apuros a Astijerdes con su sutil y afilado juego. Y así, en la misma sala donde hacía poco reinaba el júbilo y el desprecio de los súbditos, imperaba el eco del rey de Astijerdes al caer sobre el tablero.

Sólo se atisbaba una trémula risa: la del anciano, que recibía a su mono de nuevo en su hombro. Todos lo miraron, aterrados. Astijerdes, negándose a la humillación, ordenó la muerte del anciano. Los súbditos desenvainaron sus alfanjes y corrieron hacia él, pero éste tomó a su mono y, tras rezar en una lengua áspera y desconocida, lo arrojó con violencia hacia el techo de la estancia real.

En su ascenso, el mono se transformó en un poderoso efrit tan grande que bien podría acariciar las estrellas. Todos temieron entonces y se arrodillaron ante él, pidiendo la misericordia que habían negado al anciano. Astijerdes permanecía paralizado en mitad de la estancia. El efrit desenvainó su alfanje y apoyó su punta sobre el pecho del rey, diciendo:

— ¡Oh rey, olvidaste de quién eres servidor! Tu soberbia te ha condenado. ¡Bendito sea Alá, el Creador! Pues él te regala, ¡ misericordioso!, por segunda vez la vida; mas serás esclavo de la infinita arena del desierto hasta el día en que te visite la dulce Muerte.

Entonces Astijerdes abandonó su palacio y sus jardines y puso rumbo al desierto, donde vagó por treinta años soportando las inclemencias del sol hasta que la Muerte lo alcanzó, ya anciano. ¡Bendito sea el nombre de Alá!

Alexandro Jiménez

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