Encuentros a medianoche (relato breve)

Sucedió por primera vez hace alrededor de un año, aunque me resulta imposible precisar una fecha. Yo estaba tumbado en mi camastro, a la noche. Sólo deseaba dormir tras un laborioso día en la oficina, por lo que estiré mis extremidades y las relajé para conciliar el sueño. El reloj de la mesita dio la medianoche. Creí escuchar algo moviéndose por el suelo, pero no lograba identificarlo. ¿Un ratón? ¿Un papel agitado por una corriente de aire? Me erguí para comprobarlo y prendí la tenue luz de la lámpara. Entonces vi a la serpiente y sus ojos filosos y negros como el odio. Estaba al pie del camastro, expectante; después se elevó sobre su propio cuerpo con la determinación de atacarme. Me estremecí y traté de protegerme como pude, pero fue en vano: ella arremetió contra mí con violencia y no tardó en rodearme con su retorcido y musculoso cuerpo. Después, sometido yo por entero a su voluntad, retrocedió para tomar impulso, tal como hacen las águilas y los buitres, y se arrojó sobre mi tierno cuello, en el que clavó sus dientes para introducir en mi sangre unas gotas de su gélido veneno. Sentí un sopor repentino y que mis ojos se cerraban. Lo último que vi antes de caer en el sueño fue a la serpiente saliendo de mi estancia. Así fue nuestro primer encuentro.

A la mañana siguiente, al despertar, la fatiga y acaso el temor me hicieron atribuir la memoria del encuentro a una pesadilla o una alucinación. Me equivoqué. Aquella medianoche, como un reflejo de la anterior, la serpiente vino a mi encuentro y volvió a someterme y envenenarme. Lo mismo ocurrió a la siguiente medianoche y a la siguiente y a la siguiente…

Comprendí que había venido con intención de quedarse. Resolví defenderme: compré un cuchillo largo y afilado, de esos que usan los carniceros para desvencijar a los cerdos, y esperé impaciente nuestro siguiente encuentro. Me escondí tras la puerta y esperé hasta escucharla reptar hacia mi estancia, apretando con fuerza el cuchillo entre mis manos hasta el punto, lo recuerdo bien, de hacerme daño por la presión. Finalmente la escuché y la sorprendí con un ataque vertiginoso: elevé el cuchillo y, trazando un arco en el aire, arremetí con fuerza contra su cuerpo; pero ella fue muy veloz y logró sortear el ataque, del que salió sólo con un corte superficial. No se demoró la respuesta: me propinó un agresivo y profundo mordisco en el brazo. Grité de dolor y dejé caer el cuchillo. Aterrado e indefenso supliqué su misericordia. Fue inútil: ella tomó impulso y se arrojó sobre mi cuello, en el que introdujo de nuevo su veneno.

Así transcurrieron las primeras semanas. En mi honor, debo decir que le planté cara y que fui un digno rival. Cada noche, fruto de la experiencia, perfeccionaba mis ataques y mi estrategia: anticipaba sus movimientos, conocía sus debilidades y más de una vez le propiné un corte en apariencia mortal. Pero ella siempre se sobreponía y lograba la victoria final. En mi defensa añadiré que el tiempo jugaba en mi contra. Dado que cada vez me defendía mejor, los enfrentamientos se demoraban durante horas, casi hasta el amanecer, lo que suponía para mí menos descanso y frescura en el siguiente combate. Eso, añadido a la acumulación progresiva de veneno en mi sangre —que empezó a entumecer mi cuerpo—, provocó el deterioro de mi desempeño en los enfrentamientos y mi gradual derrota. Cada día se agravaba mi debilidad. Mis ataques ya no eran tan certeros ni dañinos y a la serpiente le resultaba cada vez más sencillo vencerme.

¿Confesaré que, en consecuencia, acabé rindiéndome por completo a ella? Así es, retiré toda oposición. Mucho me habría gustado recuperar mi vida previa a los encuentros con la serpiente, pero llega un punto en el que uno debe dejar de enfrentarse a lo inevitable. Era superior a mis fuerzas. Facilité, por tanto, su labor: si los encuentros deben ocurrir, al menos que sean breves, pensé. De forma que, cuando el reloj daba la medianoche, yo me tumbaba en el camastro y ponía, hospitalariamente, mi cuello al descubierto para que ella me envenenara con comodidad. Aquello se convirtió en un gesto cotidiano, invisible de habitual, como el café después de comer o ir a comprar el pan.

No me juzguen si les digo que, con el paso de los meses, encontré un vergonzoso placer en nuestros encuentros. Era tal la densidad de veneno en mi sangre, que sólo era capaz de levantarme tras un extraordinario esfuerzo de mi voluntad. Un trozo de pan era pábulo suficiente para garantizar mi supervivencia. Pasaba los días en un estado comatoso, entre la realidad y el sueño. Me sentía muerto en vida. Pero todo ese desdichado estado desaparecía cuando el reloj daba la medianoche y la serpiente me estrujaba con su cuerpo y me clavaba sus agudos dientes. En ese instante en el que yo sentía sus dientes en mi cuello, dentro de mí, el dolor me hacía sentirme vivo de nuevo, y eso me producía un profundo y fugaz placer. Era como volver a nacer. Así que, agradecido, cuando la escuchaba reptar hacía mí cada medianoche, yo le decía con voz meliflua:

—Ven, querida, ven a mí.

Ahora estoy más débil que nunca. Ignoro de dónde he sacado las fuerzas para sostener el bolígrafo y pasearlo sobre la hoja en blanco. Puedo oler mi muerte inminente. Sospecho que, si no hoy, dentro de poco la piadosa serpiente entrará en mi estancia, me abrazará y, tras tomar impulso, se arrojará con ímpetu sobre mi cuello para darme la última, gélida y ansiada dosis de su veneno.

Que sea como ella desee.

Alexandro Jiménez

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