«Shit Year» (Cam Archer, 2010). Años de mierda.

¿Qué tal os ha ido en 2020?

Tengo amigos que aseguran que para ellos este ha sido de los mejores años que recuerdan. Se ve que han tenido suerte en el amor, en el trabajo o en quién sabe qué. Que les den.

Aquí escribimos para la mayoría, y ésta clama: “¡2020 ha sido un año de mierda!”. Regocijémonos pues en el estiércol y hablemos de años de mierda. Hablemos… de 2010.

En 2010 parece que la naturaleza se ha puesto en contra de los humanos. En efecto, miles de personas mueren a causa del fuerte temporal de Brasil y de los terremotos de Haití, Chile, Turquía y China. Además, el mundo occidental se ve inmerso en una de las mayores crisis económicas que recuerda, en la que se consolida la muerte del sueño europeo con los rescates bancarios a Irlanda y Grecia.

En España el gobierno declara el estado de alarma por primera vez en su historia por la huelga de controladores aéreos. Mucho más lejos, en Kirguistán, el presidente es derrocado tras un levantamiento popular. ¡Vivan los déjà vus

2010 también es el año en el que, en sintonía perfecta, se retiran de sus labores profesionales los soldados americanos en Irak, los miembros de ETA y nuestra protagonista de hoy, Colleen West, que deja su carrera de actriz en enero después de 30 años trabajando.

En este tiempo ha grabado 35 películas y ha interpretado algunos papeles en el teatro. De hecho, da la sensación de que eso es todo lo que ha hecho, ya que nadie ha oído jamás qué es de su vida personal.

¿Qué pasa? ¿Es que no es suficiente con trabajar? Si ella tomó la decisión de centrarse en sus ocupaciones será que eso es lo que le gusta por encima de todo. Esas preguntas impertinentes de los presentadores de televisión sobre por qué nunca ha tenido marido e hijos –preguntas que jamás le harían a un hombre en su posición– tienen fácil respuesta: porque no ha querido. O, bueno, quizá no es tan sencillo. Pero en cualquier caso la cuestión es que ella decidió anteponer su carrera, por egoísmo asegura, a cualquier otra forma de rellenar su vida. Y punto.

No obstante, hay otra cosa que está meridianamente clara. Colleen West está harta de trabajar. No se explica de ningún otro modo que se retire a tan temprana edad, siendo aún una estrella y con un carisma que hace fijar todas las miradas en ella.

Nos confiesa que, cuando echa la vista atrás, solo es capaz de recordar su vida en términos del proyecto en el que estaba involucrada en cada momento, y que no es una sensación agradable. Para ella nunca ha habido ni catástrofes naturales, ni aventuras románticas, ni guerras, ni viajes emocionantes: sus años han pasado como los anillos en el tronco de un árbol, uno tras otro, todos iguales. 

Por eso 2010 será distinto. Ahora que se ha retirado podrá vivir en el mundo, con otros humanos. Así, en el futuro recordará este año por las cosas que le pasaron, no por las que ella hizo, y tendrá toda la vida para pensar en ellas.

Tampoco hace falta esperar mucho porque en diciembre de ese mismo año, cuando ya no queda tiempo para cambiar nada, Colleen reflexiona sobre lo que ha sido 2010 para ella. Una mierda. 

Para empezar, echa de menos la interpretación. Es inevitable, cuando le has dedicado tanto tiempo a algo, no puedes desprenderte de ello. Pero esto va más allá. Es que fingir ser otro es como una droga. Porque es adictivo, sí, pero también porque te aísla de la realidad. Después de tantos años ha terminado por entregarle al público todas las personas que podía albergar dentro de ella, y no se ha quedado con una sola de ellas. 

Colleen descubre algo fascinante y terrible cuando se retira: ella es la peor actriz del mundo. Su vecina está totalmente metida en el papel de una chica alegre e ingenua que se entretiene con pasatiempos infantiles. Su hermano interpreta magníficamente al oficinista que lleva una vida aburrida y convencional pero de la que disfruta hasta el más mínimo detalle, como las grapadoras de su escritorio. Ella, en cambio, no tiene ninguna personalidad definida y sus gestos e ideas cambian según la persona con la que hable y lo que quiera en cada momento. Puede apreciar en los ojos de los demás que a nadie le gusta su papel, y que solo consigue crear situaciones incómodas.

Pero ¿no será que ella es así y ya está? ¿Es que esa no es una personalidad válida: la del camaleón? Buff, si esta es su personalidad, es realmente angustioso vivir con ella. ¿Se podrá cambiar? ¡No! ¡Cambiar de personalidad es precisamente el problema! Pero dejar de cambiar es no cambiar. ¿Tiene eso sentido? ¿No estará loca? ¡No! Prohibido decir esa palabra en voz alta. La gente insiste tanto en que el problema es la soledad… quizá debería intentar escucharles. Dicen que cuando encuentras a la persona adecuada te descubres a ti mismo, que eres el disfraz que te pones cuando estás con esa persona.

Pero es que ese es el otro puto problema que ha tenido 2010. La persona especial. Harvey West. Joder.

En Shit Year (2010) Cam Archer nos presenta un retrato psicológico con muchas aristas. Por un lado, la mujer centrada en su carrera que se siente criticada e incomprendida por el resto del mundo. Por otro, su incapacidad para entenderse a sí misma, fruto de una vida de falsas apariencias y engaños. Colleen tomó la inamovible decisión de ser una persona voluble, y ahora sufre las consecuencias.

Cam Archer, que supuestamente es más fotógrafo que director de cine, demuestra una gran inteligencia cinematográfica con sus decisiones creativas. Entre las escenas llenas de sarcasmo y sentido del humor que configuran el hilo conductor de la película, en las que la vecina y el hermano de Colleen intentan animarla, vemos una mezcla de flashbacks e imágenes oníricas que nos muestran la relación de Colleen y Harvey y cómo esta le ha afectado a la protagonista. En estos momentos resulta inevitable acordarse de otras películas que reflexionan sobre la identidad a través del surrealismo, como Persona (Ingmar Bergman, 1966) o After Life (Wandafuru Raifu, Hirokazu Koreeda, 1998).

Aunque el camino que ha llevado a Colleen a su situación es muy específico, el modo en el que se siente a finales de 2010 es mucho más universal. Esta podría haber sido la historia de una agente de ventas acostumbrada a engatusar continuamente a sus clientes. O la de una muchacha criada en un gueto, condenada a robar con sigilo para sobrevivir. O la de esa amiga vuestra un poco falsa que, por miedo a caerle mal a alguien, siempre le sigue la corriente a todo el que se encuentra, actitud esta que no podéis aguantar una vez que la habéis descubierto. Es también la historia de Don Juan. Al final, siempre llega el momento de enfrentarse a alguien a quien no se puede engañar tan fácilmente: uno mismo.

Subo la apuesta, y afirmo que esta podría ser la historia de cualquiera.

En última instancia, la razón por la que Colleen pasa por todo cuanto pasa es que su retiro la obliga a un ejercicio de introspección al que no estaba acostumbrada. Resulta que, en esos años que quedan en la memoria de hasta los peores estudiantes de historia por la cantidad de aciagos titulares que generan, muchas personas se ven abocadas a un destino parecido. El malestar lleva a la reflexión sobre el contexto que nos rodea, y ésta a la evaluación de nuestra situación particular.

A veces el problema no son los años de mierda, sino lo que estos destapan.

¿Ha sido el coronavirus culpable o revelador de nuestros males? Seamos sinceros.

Nos queda un ápice de esperanza, que es, como siempre, el aprendizaje. Estoy convencido de que en estos 10 años que han pasado Colleen ha aprendido, gracias a lo que vivió, a tomarse las cosas más a la ligera. No sé si habrá encontrado a alguien con quien pasar sus días pero, si no es así, no debe de estar echándolo en falta. Al final, ese año de mierda que fue 2010 para ella también fue en realidad el que le descubrió sus problemas y, por tanto, el que le dio la oportunidad de resolverlos. Seguro que 2020 le ha supuesto entonces un juego de niños.

Qué envidia, ¿verdad? Bueno, quizá en 2030 nos vaya mejor a nosotros.

Roberto Téllez Domínguez

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