«El incinerador de cadáveres»: ¿países deprimidos?

La República Checa es uno de los países más injustamente infravalorados del Viejo Mundo. A pesar de que su influencia es capital en el dibujo historiográfico continental, es más probable que asociemos esta pequeña nación al vino caliente, el cementerio judío de Praga o al sexo loco europeo. Aunque esto tampoco es que sea infundado, quizá sí minimice el exotismo de este pueblo en otros lares.

Chequia es, por ejemplo, uno de los países menos religiosos del mundo entero: solamente un 20% de su población se considera creyente de algún tipo. Esto se explica en tanto que la historia de la antigua Bohemia recoge el maltrato a partes iguales tanto del catolicismo como del protestantismo. (Es broma, especialmente del catolicismo.)


Los checos poseen, igualmente, junto con sus primos hermanos los eslovacos, el sentido del humor más ácido, cínico y destructivo que el Englishman más under the weather que te puedas encontrar.


Estas dos virtudes no son, sin embargo, más que el mecanismo de defensa psicológico contra una historia plagada de terribles sufrimientos.


Los checos son, antes que nada, un pueblo desengañado.


Solamente en el siglo XX Milan Kundera se lamentaba por una patria profundamente amargada tras haber sufrido las tres traiciones: 1938, 1948 y 1968.


La primera, los Acuerdos de Múnich de septiembre de 1938, vio cómo Francia e Inglaterra, potencias aliadas, rompían el país para entregar a Hitler los territorios étnicamente germanos con tal de apaciguarlo y evitar así la guerra. No hubo un solo representante checoslovaco en la firma de los tratados.

El pueblo checo no podía hacer mucho más que emplear su humor irónico. Entre ellos se popularizó la frase “Sobre nosotros, ¡sin nosotros!” (O nás bez nás!).


Pese a ir contra lo acordado, los nazis ocuparían todo el país y disolverían la entidad política de Checoslovaquia. La Segunda Guerra Mundial estallaría a los 11 meses.


La segunda traición tuvo lugar diez años más tarde.


Checoslovaquia se encontraba liberada de los alemanes, pero ocupada por los soviéticos; la escasez y el hambre tras la guerra estaban generalizadas.
En febrero de 1948 los comunistas, apoyados por el Ejército Rojo, dieron un golpe de Estado y derrocaron al gobierno, que maniobraba intentando evitar convertirse en un títere de la URSS. El Ministro de Exteriores, Jan Masaryk, líder intelectual de la resistencia, se suicidó defenestrándose.

Nuevamente, con la vista impasible del mundo puesta en ellos, los checos volvieron a recurrir a la sonrisa triste.


“Masaryk”, dijeron, “era tan pragmático y brillante, que fue capaz de cerrar la ventana después de lanzarse por ella.”


Tras la toma de poder del nuevo orden, comenzó la limpieza del país.
Especialmente alevosas fueron las purgas realizadas dentro del propio Partido Comunista Checoslovaco. Desde Moscú se hicieron notar las presiones de Stalin para eliminar cualquier tipo de “degeneración trotskista”.


Decenas de militantes del partido, incluidos muchos de primerísimo nivel, fueron arrestados y procesados para ser luego condenados de por vida o llevados a la horca.


Durante uno de los muchos juicios farsa, los acusados fueron obligados a llevar un cinturón defectuoso; su humillación sentaría precedentes por toda la nación.


Ocurrió, no obstante, justo lo contrario.


Mientras el juez pronunciaba el veredicto aprendido de memoria, a uno de los reos se le cayeron los pantalones al suelo, tal y como estaba planeado. El magistrado, queriendo hurgar en el detalle vergonzoso, interrumpió la lectura del castigo para troncharse a carcajadas.


Sin embargo, el condenado, a la vista del estado de su miseria y de lo poco que en realidad tenía que perder, comenzó a reírse también. A su risa siguieron la del resto de los procesados, los fiscales, el jurado, la sala, los televidentes del directo.


Durante casi un minuto el país entero se detuvo a burlarse de sí mismo, consciente de estar actuando en una obra de teatro, cuyo guion ellos no habían escrito.


La carcajada general representaba algo así como cuando ocurre un fallo demasiado grande como para seguir adelante con la representación. La cuarta pared se rompe y toca pedir disculpas al público con cierto aire de sonrojo y patetismo.

Pero fue también el minuto de la libertad.


Mientras duró la risa el poder del Estado se había disuelto. Las tropas soviéticas no estaban ahí. El contrato social se había esfumado. El miedo había desaparecido.


Pero terminaron de reír los últimos. Acabaron de secarse las lágrimas aquellos en los que el chiste había calado en profundidad. Las luces de los focos volvieron al comediante.


Todo siguió su curso con normalidad.


Pero algo había pasado. Todos lo sabían.


El responsable de la majadería, el culpable del ataque generalizado a lo más íntimo del poder, fue el primero en pagar. Su original cadena perpetua fue elevada a la pena capital. Ni siquiera se le puede llamar “paredón”, pues los comunistas no disparaban de frente; el tiro era de espaldas, limpio en la nuca. A continuación se echaba un cubo de agua con lejía en donde brotaban las burbujas de la sangre.


La tercera y última traición vendría casi dos décadas después.


El nuevo dirigente del país, Alexander Dubček, estaba ansioso por poner en marcha su moderada, a la vez que ambiciosa, agenda política del socialismo con rostro humano.


Se levantaron ciertas restricciones sobre la libertad de prensa, se soltó a presos políticos y se liberalizó cautelosamente el proceso creativo. La población respaldó estas reformas de manera unánime.


El experimento duró tan solo 7 meses, ya que los tanques soviéticos entraron nuevamente en Praga ese agosto de 1968 como hicieran 23 años antes, ahora para liberar al pueblo de sí mismo.


Esta vez ya nadie se rio: a la tercera va la vencida.

Si bien la reacción del pueblo checo no fue violenta, la sociedad entró en un estado de trance. Checoslovaquia se había convertido en una nación fantasma, movida por la fuerza inercial de la mentira. El país se avergonzaba de su impotencia y, en general, de sí mismo.


A diferencia de antes, ya no podía hablarse de “normalidad”. El nuevo término empleado por la élite política, “Normalización” (Normalizace), evidenciaba el carácter constrictivo del tercer statu quo.


Como en todos los países que padecen depresión crónica, el arte floreció de forma natural. Hablamos de la época en que comienzan biografías como la del propio Kundera, Miloš Forman o Václav Havel.


En mitad de este ambiente ambivalente, el gran cineasta Juraj Herz estrenaba la cinta El incinerador de cadáveres (1969).


En ella se nos cuenta la historia de un hombre demacrado que trabaja en un crematorio de Praga durante la década de 1930. Pese a serle sistemáticamente infiel a su esposa y familia con numerosas prostitutas y a hacerse mensualmente la prueba de la sífilis, la verdadera pasión del protagonista es por la carne putrefacta. Enganchado a tener sexo con los muertos antes de su cremación, el film termina rindiendo un culto a la muerte y al ahogamiento de la vida que despierta lo peor de las vísceras.


Con la aparente intención de sortear la censura, el film lleva la crítica política al contexto de tres décadas antes. Sin embargo, lo acertado del análisis psicológico de una sociedad en claro estado terminal resultó tan doloroso en el momento del estreno que el celuloide no se salvó de sufrir igualmente las represalias de los censores. La distribución fue prohibida durante los siguientes 20 años.


El simbolismo nos enseña que, efectivamente, Herz vuelve sobre sus pasos hasta 1938 para criticar también a 1948 y, sobre todo, a 1968. La película es una enmienda a la totalidad de la historia de Chequia.

Escupe sobre sí mismo y sobre sus compatriotas: nunca hubo tales traiciones, pues nunca nadie les debió nada desde fuera. Lo que siempre hubo fue una familia de sedados, incapaces de salir de una mediocridad que los asesinaba lentamente.


Ocupada Checoslovaquia ya finalmente por los nazis y cayendo en desgracia uno a uno sus seres queridos, el protagonista de El incinerador de cadáveres llega a la conclusión de que su salvación reside en cooperar con los alemanes en las labores mortuorias del incipiente Holocausto.


Pero el acto genocida no lo ejerce conforme a un compromiso con el ideal ario nacionalsocialista, sino por la fe en que, como les fue enseñado a los checoslovacos por su historia, la vida no es más que sufrimiento; lo más humano es terminar con ella.

Edgar Pozo

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