«Bad Boys» (Susumu Hani). El humano detrás del criminal.

En un país en el que hoy la criminalidad es casi anecdótica, como se puede comprobar en simpáticas páginas web, hubo un tiempo en el que hasta los niños se convertían en delincuentes callejeros. No todos, claro. Porque tampoco se puede llamar delincuente a un muchacho de buena familia que se ha juntado con malas influencias. Un chaval así simplemente se ha equivocado, y bajo el estricto cuidado de sus padres podrá enderezarse y llevar una vida correcta.

¿Qué se hace con los otros, las malas influencias? Es una pena que esta gente nunca tenga un hogar estable. Suelen tener un padre muerto en la guerra – ah, claro, la guerra –  y a veces hasta una madre que los ha abandonado. Pero esto no excusa sus actos: el propio cuerpo de policía está preocupantemente delgado porque no puede permitirse platos de más de 50 yen, y no por ello deja de colaborar con la sociedad. Los milagros económicos de posguerra solo se consiguen con sacrificios.

Si nadie puede enseñarles esto en casa tendremos que hacerlo nosotros. Habrá que juntarlos a todos en una cárcel, en un reformatorio y así será más fácil organizarse. Es verdad que en las habitaciones solo cabe la cama, y que las ventanas tienen barrotes, pero es por su bien. Tan solo necesitan una formación con mucha disciplina, basada en el deporte y el aprendizaje de labores manuales. Al final, cuando se hayan curado, estarán agradecidos. 

Pero lo cierto es que no es fácil entender a estos críos, y los psicólogos tampoco nos son de mucha ayuda. Parece que si juntas a delincuentes lo único que puede llegar a pasar es que se retroalimenten entre ellos, sacando cada uno lo peor de los otros y peleándose en cuanto apartas la mirada. Da igual que les estés dando la oportunidad de cambiar. Al fin y al cabo, estas personas que han renunciado a la moral desde tan temprana edad no están tan lejos de los animales, y por lo tanto su reino solo puede regirse por la ley del más fuerte. Formarán sus pequeños microcosmos de poder y las voces disidentes serán acalladas con puño de hierro.

No, espera. ¿Animales? ¡Pero si son niños! Si alguien es capaz de aprender, recapacitar y reorientar su vida son ellos, que aún tienen tiempo por delante. Hagamos un esfuerzo por recordar qué han hecho para llegar hasta aquí. La mayoría no son más que ladronzuelos que pretendían contentar a su estómago o al de alguna chica guapa con sus ganancias. ¿Es realmente tan imposible que hablando entre ellos, que se comprenden los unos a los otros sin la condescendencia con la que los ven los demás, logren encontrar el apoyo necesario para hacerse un hueco en el mundo? Claro que existe el mal pero ¿acaso tiene que ganar siempre? 

¿Qué mejor forma de averiguarlo que preguntándole a ellos? Eso debió pensar el japonés Susumu Hani al hacer Bad Boys (Furyo Shonen, 1961), una adaptación de Alas que no pueden volar (Tobenai Tsubasa, Aiko Jinushi, 1958),  un libro formado a partir de textos escritos por chicos del reformatorio Kurihama en los que relataban sus vivencias reales.

La ronda de los prisioneros, Vincent Van Gogh

Parece ser que Truffaut nos robó una película entre Los cuatrocientos golpes (Les Quatre Cents Coups, 1959) y Antoine y Colette (Antoine et Colette, 1962). Siempre fue un poco raro que el tono de la saga de Antoine Doinel cambie tanto entre estas dos películas. Quizás nuestro director francés vio Bad Boys y pensó que ya no era necesario hablar de cómo el rebelde Antoine se convierte en un joven reformado al que solo le preocupa encontrar el amor. El propio Susumu Hani, gran difusor en Japón de los movimientos cinematográficos occidentales de la época – sobre todo de la Escuela Polaca, aunque en esta película vemos también una herencia clara de Bresson-, parece haber comentado alguna vez que Truffaut lo felicitó por su película.

Después de ver Bad Boys he decidido buscar en internet -es decir, donde opinan los ilustres- qué actores son considerados por la crítica y el público como los mejores. He encontrado largas listas de nombres tan altisonantes que ni siendo recitadas desde lo alto de, por ejemplo, el Almanzor, producirían eco. Y estudiando estas listas he aprendido qué es lo que convierte a uno en buen intérprete: esa presencia escénica que atrae a los focos, esas frases lapidarias que quedan para el recuerdo, esas miradas a cámara que transmiten 24 emociones por segundo y, muy a menudo también, una cierta seriedad enigmática e inescrutable para nosotros, los mortales.

Pero a Susumu Hani le dan igual los buenos actores. Estos documentalistas no tienen remedio… Si bien la productora Nikkatsu quería contratar a las estrellas juveniles del momento para los papeles protagonistas de Bad Boys, él decidió que lo mejor era fichar como actores a delincuentes juveniles reales, claro, y dejarles improvisar en entornos sin un guion muy concreto.

La decisión de utilizar a delincuentes sin conocimientos de interpretación venía inspirada por el movimiento narrativo seikatsu kiroku, que ponía el foco en textos escritos por personas sin formación literaria hablando de sus experiencias vitales. El gran Kobo Abe criticaba esta corriente al considerar que tales autores confundían su propia filosofía de vida, a través de la cual interpretaban la realidad que intentaban describir, con la realidad misma. Creo que esta apreciación se puede aplicar por completo a Yukio Yamada y al resto de (no-)actores de Bad Boys y no se me ocurre mejor aliciente para atraer a otros espectadores que, como yo, estén más interesados en la antropología que en la metafísica. Este es el punto fuerte de la cinta: no busca hacer cine social y denunciar injusticias, sino darle eco a personas olvidadas sin juzgar sus pensamientos.

Asistimos así a la historia de Hiroshi Asai, que por supuesto es un chico malo que acaba en un reformatorio. Para terminar la película nos tendremos que interesar tanto por él y su relación con los otros jóvenes reclusos como por las anécdotas de estos: en general, las historias de cómo han llegado a parar allí, contadas en forma de flashback. Atrás queda el taiyozoku, el cine juvenil de los años anteriores, centrado en dramas románticos burgueses y del que La Estación del Sol (Taiyo no kisetsu, Takumi Furukawa, 1956) es el principal referente. Los protagonistas ahora solo conocen de los lujosos escaparates del barrio de Ginza sus reflejos en las ventanas de los coches policiales.

Según cuenta Hani, el elenco que escogió para esta película se involucró al máximo en la grabación. Si tocaba recrear un atraco a una joyería había que huir con el botín y no volver a pisar el local en todo el día, si tocaba robarle la cartera a un pobre hombre por la calle no importaba que este estuviera avisado: el mal rato lo pasaría igualmente.

¡Qué poco sé de interpretación! La seriedad con la que juegan estos niños me ha enamorado mucho más que la de los secuaces de Stanislavski.

A pesar de todo, no quiero caer en la necedad de presumir de los defectos, decir que deberíamos hacer listas de los mejores no-actores y desterrar el trabajo de los profesionales. Es más, es posible que, si entendiera el japonés, las escenas y diálogos de esta película me pudieran parecer tan forzados como los de las películas malas (que no son muchas) del cine quinqui español. No lo sé. Pero tampoco me interesa demasiado saberlo, así que voy a enfatizar lo que sí me parece importante: viendo Bad Boys aprendí algo sobre las personas.

Escuchémoslas. Dejémosles que nos cuenten su historia y lo que piensan de ella. Y démosles espacio para jugar.

Otro chico malo y no-actor profesional que deseaba ser escuchado, Hossain Sabzian, nos dijo en Primer Plano (Close-Up, Abbas Kiarostami, 1990) que la cárcel vuelve mejores a los hombres buenos y peores a los malos. Quizá el cine también.

Roberto Téllez Domínguez

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