«Arde Mississippi» y el odio en EEUU

Las pasiones forman parte de nuestra naturaleza, por mucho que queramos huir de ellas y que nos aferremos a la convicción de que jamás dejaremos que nos dominen. Siempre se abren paso y anidan en nuestro interior. Sin embargo, lo realmente curioso de las pasiones es que, como las monedas, siempre tienen dos caras. Un hombre puede pasar de una pasión a otra en solo una fracción de segundo, sobre todo del amor al odio. 

Y es del odio de lo que quiero hablaros. El odio es irracional y, habitualmente, está formado más por un conjunto de creencias culturales inculcadas que por argumentos sólidos que lo puedan justificar. Por culpa del odio, y del fanatismo que genera, se han sesgado vidas desde hace siglos y aún siguen añadiéndose nombres a la larga lista de víctimas de ese veneno que saca lo peor de cualquier persona. 

En 1964 el odio formaba parte del día a día de cualquier ciudadano afroamericano, especialmente si vivías en el sur de los Estados Unidos. Ser negro en Norteamérica nunca ha sido fácil. Los conflictos raciales le costaron la vida a Martin Luther King y producen tensiones desde que Rosa Parks decidió plantar cara en un autobús hace ya más de sesenta años. 

En cualquier rincón de aquel pequeño pueblo de Mississippi se palpa la represión, el terror y la necesidad de llamar la atención lo menos posible para no acabar sin casa o ahorcado en un árbol.

El pasado mes de mayo, las imágenes del asesinato de George Floyd con el cuello aplastado por la rodilla de un policía blanco dieron la vuelta al mundo. El movimiento Black Lives Matter volvió a bañar las redes sociales, las protestas en las calles se multiplicaron y el debate se puso sobre la mesa una vez más. 

¿Por qué tanto racismo?

En 1988 el director Alan Parker planteó esa misma pregunta en su película Arde Mississippi. A priori uno puede pensar «Oh, sí, otra peli más del KKK», pero no. No se queda únicamente en narrar un caso más de los múltiples que protagonizaron esa pandilla de supremacistas blancos, llenos de un odio infecto e injustificado. La película de Parker te mete el dedo en el ojo por si no quieres ver, te da un gancho de derecha como si estuvieses en un combate de boxeo, te planta en las narices una realidad que tenía lugar hace tan solo cincuenta y siete años. La indignación, la rabia, el deseo de venganza o la impotencia son muchos de los sentimientos que se experimentan en los ciento veintiocho minutos que dura el metraje. 

¿Por qué? El interrogante está presente como un zumbido incómodo. Al igual que también lo está en las mentes de los dos agentes del FBI que tienen que trasladarse a Mississippi para investigar la desaparición de tres activistas defensores de los derechos humanos. El agente al mando de la investigación, Alan Ward (interpretado por un jovencísimo Willem Dafoe) tendrá que luchar por ganarse el respeto de su anárquico compañero Anderson (Gene Hackman). Detrás de esa lucha de egos se encuentra un pueblo en cuya oficina del sheriff parece no haber el más mínimo interés por mover un dedo por los afroamericanos que residen en su comunidad. Unos ciudadanos que, por otro lado, temen mediar palabra con el FBI por miedo a las consecuencias. 

En cualquier rincón de aquel pequeño pueblo de Mississippi se palpa la represión, el terror y la necesidad de llamar la atención lo menos posible para no acabar sin casa o ahorcado en un árbol. Incluso vivir aislado del resto, en tu pequeño gueto a las afueras, es inútil. La violencia siempre espera; a la salida de la iglesia, por la noche en tu casa, da igual, siempre aparece, fugaz como un rayo que arrasa todo a su paso.

Y en mitad de ese desaguisado, de esa maraña de investigación masiva del FBI a la que las autoridades locales y parte de los habitantes miran con fastidio, se encuentra el mayor símbolo tradicional de la sociedad norteamericana de los años 60: la ama de casa. 

Esa mujer que conversa de temas banales con otras mujeres y por la noche prepara la cena a su marido. La que lleva el delantal y le sirve la cerveza fría a un hombre que no despega la mirada de la televisión. La que está atrapada en un matrimonio pero teme salir del lugar en el que se asfixia. Ese simbolismo típico de un comercial de Mad Men, se concentra en la figura de la señorita Pell (Frances McDormand). Una mujer de treinta y pocos años, ignorada por su marido y que no tiene ningún tipo de prejuicio por el color de piel de sus vecinos. Y es en el encanto de esa persona tan atípica en el universo que le rodea donde el agente Anderson, un sabueso de la vieja escuela que tira más de picardía que de llamadas a Washington, encuentra las respuestas. 

Arde Mississippi no es un thriller en el que te estrujes el cerebro para descubrir qué fue de esos activistas o quién está detrás de todo aquello. Lo que plantea Alan Parker queda lejos de la acción inicial. Hace un retrato de una sociedad invadida por la ponzoña del racismo, por una intolerancia lacerante que se inculca desde la cuna y un sentimiento de superioridad tan absurdo como irreal. Arde Mississippi es una cinta de vídeo familiar en la que se ponen sobre la mesa los prejuicios que se creían olvidados, la mejilla de la vergüenza y de la falta de humanidad. En definitiva, es una forma elegante de dejar en evidencia a una nación que se ha dado golpes de pecho bajo los estándares de los derechos humanos. 

No hay patriotismo, ni besos a la bandera, ni un «¡Dios bendiga América!»: tan solo la crónica incomodidad de una sociedad que no hace tanto tiempo amenazaba con cruces ardiendo y utilizaba la violencia como palabra. 

¿Superaremos algún día esta sinrazón que nos convierte en borregos? ¿Dejaremos de autodestruirnos como especie? ¿Viviremos algún día con dignidad? Son demasiadas preguntas sin respuesta. Por lo pronto, puedes ponerte Arde Mississippi y pensar si la justicia existe o es solo un invento para tranquilizar las conciencias mal apagadas. 

Claudia Banqueri

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba