Aprendiendo a ser y dejar de ser jóvenes

Según Wikipedia, ahora mismo hay 56 conflictos armados en el mundo. Pero, jugando un poco con el sentido de las palabras, podemos afirmar que guerras hay muchas más. Leonard Cohen asegura que hay una guerra constante entre ricos y pobres, entre hombre y mujer y entre lo par y lo impar. Permitámonos el lujo de completar su lista añadiendo otra pugna eterna: la que hay entre la juventud y la madurez.

Para descubrir los entresijos de esta lucha en la que todos estamos inmersos, la mejor estrategia es adentrarnos en las trincheras de una batalla – lejana a ser posible, para tener más perspectiva – y charlar con los combatientes. De momento tendremos que escoger un bando para no poner demasiado en riesgo nuestra vida al pasar de un lado a otro del campo de batalla.

En fin, antes de que esta alegoría se vuelva pesada y nos lastre el discurso vamos a concretar la propuesta de hoy: valernos de Yo paseo por Moscú (Ya shagayu pos Moskve, Georgi Daneliya, 1964) y Tengo veinte años (Mne dvadtsat let, Marlen Khutsiev, 1964) para conocer a los jóvenes soviéticos de los años 60, estudiar su relación con sus mayores y compararlos con nosotros mismos. A ver qué nos encontramos.

Comenzaremos nuestra tarea descubriendo la ciudad de Moscú, de la que tanto los directores como los personajes de ambas películas parecen estar enamorados. Entre himnos comunistas, canciones populares rusas y hasta algún rock and roll despistado veremos cientos de planos dedicados exclusivamente a mostrarnos con gran cariño y detalle el museo Pushkin, el monumento a Gógol, la mezquita catedral, ese metro maravilloso y único y, en definitiva, hasta la última calle de la ciudad. Y entonces sí, ya situados en terreno, se nos presentará a los protagonistas de Yo paseo por Moscú.

Imagen del metro de Moscú

Kolya se encarga de tunelar los canales subterráneos por los que irán las nuevas líneas del metro de Moscú. Si no fuera por su afición a dar indicaciones falsas a los turistas bien podría trabajar de guía local, pues se conoce la ciudad al dedillo. Aunque su padre y todos sus tíos murieron en la guerra, él es un muchacho feliz siempre dispuesto a ayudar a sus amigos y a divertirse con ellos burlándose de los adultos, quizás intentando acaparar el centro de atención en algunas ocasiones. Su mayor problema es que Alyona, la chica de la tienda de discos, no parece demostrar demasiado interés en él. Pero ni siquiera esto le arrebata su optimista sonrisa, con la que está dispuesto a cantar una alegre canción incluso en momentos más bien agridulces.

Volodya es un chico más serio e introvertido y por eso no nos descuadra que sueñe con convertirse en escritor. De momento solo ha dedicado su prosa a una sencilla historia sobre gente humilde y buena, inspirada en anécdotas reales de su vida en Siberia, y ha venido a Moscú para hablar de ella con un escritor reputado (por tanto, adulto) que puede llegar a mostrarse algo escéptico con respecto a esa inocencia que destila. Pero Volodya tampoco es cualquier tonto bonachón y él mismo es muy descreído con respecto al amor. En fin, nada que no se solucione con una chica agradable y sin miedo al frío siberiano

De Sasha no podemos decir que sea tan despreocupado como sus amigos. Hoy, que es el día de su boda, le han llamado a filas. Por supuesto, estas situaciones están contempladas y basta con que pida una prórroga pero ¿es eso lo que realmente desea? A veces le da por pensar que Sveta, su prometida, no le quiere lo suficiente. Y otras veces se da cuenta de que este pensamiento es ridículo. No es un chico que tenga las cosas muy claras pero debemos ser comprensivos con él: tanto el matrimonio como el ejército suponen cambios muy drásticos. ¿Por qué no hay una tercera opción que le permita ser eternamente joven y pasar su vida entera jugando con Kolya? Alguien debería revisar eso.

Yo paseo por Moscú es una película tan simple como parece, pero del mismo modo en el que lo era el fútbol de Cruyff. Menos de 80 minutos son suficientes para retratar uno de esos días de verano en la vida de estos muchachos que, precisamente por ser un día como cualquier otro, quedará grabado en sus memorias cuando crezcan, algo que está empezando a suceder. Es una comedia ligera, agradable y llena de optimismo en la que se puede llegar a oler algo de melancolía, y que se convirtió en un éxito entre el público de su tiempo. Se ve que muchos se sintieron identificados con estos jóvenes soviéticos más preocupados por llevar una vida tranquila y en compañía que por las guerras y revoluciones de sus ascendientes.

Cartel de Yo paseo por Moscú (1964)

Aunque manteniendo este desenfado, Tengo veinte años adopta un tono más crítico y dramático. Y por eso la censuraron, claro. El propio Khruschev describió bastante bien una de las tesis de la cinta en un discurso en el que pretendía atacarla; a saber, que los jóvenes deberían decidir por sí mismos cómo vivir, sin tener en cuenta la opinión de sus mayores. En realidad esta idea también puede leerse en Yo paseo por Moscú, pero Tengo veinte años profundiza más en las razones por las que los tres jóvenes moscovitas que la protagonizan sienten esta necesidad de reinventar la vida.

Seryozhka acaba de volver a Moscú después de hacer el servicio militar. Para él lo más importante siempre ha sido cuidar de su familia y de sus amigos, aunque últimamente se le nota un poco más ausente de lo normal. ¿Será porque está preocupado por encontrar trabajo? ¿O es que en el ejército le han enseñado a callar? No, si nos fijamos bien veremos que ya no anda detrás de las chicas como antes, así que lo más probable es que se haya enamorado. Aunque cuando tiene tiempo para pensar solo es capaz de llegar a la conclusión de que a su vida le falta algo. ¡Ay! Si su padre no hubiera muerto en la guerra podría pedirle consejo sobre todos estos temas, de los que seguro que él sabía mucho más. Seguro.

Kolka, que siempre hace lo correcto, se siente más joven que nunca. Tiene un excedente de chicas con las que quedar que intenta exportar hacia Seryozhka y no duda de que la única razón por la que su amigo rechaza estas oportunidades es que está enamorado. ¡Qué envidia! Siendo él el poeta, son sus amigos los que viven en comedias y tragedias, mientras que el compendio de sus aventuras se limita a fútiles aventuras románticas y estúpidas riñas entre sus compañeros de trabajo. Eso sí: al menos él siempre podrá estar orgulloso de su integridad personal, que ningún adulto escéptico podrá poner en duda.

Slavka está casado con Lucia desde hace un par de años, pero no termina de adaptarse a la vida en pareja. ¿Por qué hay que renunciar a jugar al fútbol con los amigos del vecindario sólo porque haya un bebé de cinco meses en casa que necesite atención? No se explica de ninguna manera que siempre haya que estar comprando mantequilla justo cuando el Spartak se está jugando una eliminatoria. Estas cosas son más serias de lo que parecen, pero eso es algo que Lucia nunca comprenderá. Y así, los largos y profundos sueños arruinados por el llanto de su hijo se suman al insomnio provocado por sus discusiones de pareja para dejarle con poco más para exhibir por las calles que una mirada perdida y miserable.

Las sospechas de Kolya, Volodya y Sasha se confirman en las vivencias de Seryozhka, Kolka y Slavka: crecer es difícil. Más aún cuando no se puede confiar en las enseñanzas que puedan venir de sus mayores, esas figuras extrañas que se encuentran de vez en cuando en la calle (no en sus casas, que parecen orfanatos) y que solo hablan de guerra, trabajo y burocracia. Esos seres contradictorios que les piden pensamiento crítico pero solo les felicitan cuando callan y que reclaman ser escuchados sin confiar jamás en ellos. Esos hombres que solo creen en sí mismos y desprecian a los demás. Pero que a veces – ¡maldita sea! – a veces tienen razón.

Si nuestros protagonistas no pueden distinguir cuándo se les está aconsejando por su bien de cuándo están siendo poco más que un muro contra el que lanzar un reproche extraño, no les queda más remedio que cargar con el peso de construir su propio universo de valores. No hay por qué renunciar a ciertas ideas positivas, como el respeto al trabajo, pero sí hay que acabar con esa paranoia, esa rigidez y ese cinismo que han perdido el sentido en tiempos de paz. Curiosamente, será cuando terminen con esta tarea tan propia de su edad cuando podamos decir que habrán alcanzado la madurez.

De todas formas es importante que no nos olvidemos de esa otra gran responsabilidad que cargan los jóvenes sobre sus hombros: divertirse. Da igual que se encuentren en el metro, en un museo o en el abarrotado desfile del Día de los Trabajadores. Estos muchachos siempre encontrarán la forma de bailar con alguna chica. Y, si no encuentran excusas por la calle, siempre podrán montar una fiesta en casa de alguien. Eso sí: mejor no invitar a Tarkovsky la próxima vez, que parece no desenvolverse bien en estos ambientes (¿quién lo habría imaginado?).

Recapitulemos entonces. ¿Nos ha servido esta receta a base de existencialismo, nouvelle vague y costumbrismo para sacar conclusiones sobre los jóvenes soviéticos de los años 60? Bueno, hemos llegado a la conclusión de que estos chicos sabían entretenerse mientras empezaban a desarrollar unos ideales que sustituyeran a los de sus padres, generando esto en ellos numerosas dudas e inquietudes.

¡Menuda sorpresa! Resulta que estos jóvenes eran iguales que los nuestros. Será que les daban de comer lo mismo o algo así. Pues nada, tendremos que seguir buscando rarezas por otras partes del mundo.

Roberto Téllez Domínguez

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